El Dr. José Luis Marín urge a los terapeutas a ser valientes frente al trauma infantil

El psiquiatra advierte que el miedo del profesional a preguntar por el pasado es la principal causa de abandono en las terapias y de la cronificación de enfermedades como la fibromialgia. El Dr. Marín advierte sobre la importancia de la valentía en la intervención en el trauma infantil.

 En una reciente sesión de formación que ha sacudido los cimientos de la práctica clínica habitual, el Dr. José Luis Marín, presidente de la Sociedad Española de Medicina Psicosomática y Psicoterapia y director de Formación Psicoterapia, ha hecho un llamamiento desesperado a la valentía profesional. Según el experto, la psicoterapia actual se enfrenta a una crisis de identidad donde el miedo del terapeuta a explorar el dolor profundo del paciente está impidiendo la verdadera sanación. El doctor sostiene que no se puede curar lo que no se nombra, y que el silencio del clínico le convierte en cómplice del sufrimiento del sujeto.

La formación, centrada en la relación entre el trauma y el síntoma, puso de manifiesto que un porcentaje alarmante de los abandonos en psicoterapia ocurre porque el terapeuta evita explorar la experiencia traumática. Marín explicó que los profesionales suelen escudarse en la supuesta fragilidad del paciente para no preguntar por temas dolorosos como el abuso o el abandono. Sin embargo, la realidad clínica muestra que el terapeuta suele tener más miedo que el propio paciente, quien a menudo lleva décadas esperando a que alguien tenga el coraje de escuchar su verdad histórica y validarla.

El Dr. Marín fue tajante al afirmar que la pregunta sobre el trauma no es una opción técnica, sino una obligación ética que debe plantearse en las primeras sesiones de la evaluación diagnóstica. Postergar esta exploración bajo el pretexto de «estabilizar» al paciente suele ser una racionalización del miedo del profesional ante la respuesta emocional que pueda recibir. Para el psiquiatra, el paciente detecta rápidamente si el terapeuta es capaz de sostener su dolor; si percibe evitación, el paciente acabará marchándose de la consulta por la sensación de que su verdadera historia no interesa al clínico.

Durante la ponencia se analizó profundamente el concepto del «drama del niño dotado», basado en las investigaciones de la reconocida autora Alice Miller. Este fenómeno explica cómo niños criados en entornos aparentemente perfectos pueden desarrollar un «falso yo» para satisfacer las necesidades emocionales de sus padres. Estos niños, que se hacen cargo de la felicidad del sistema familiar, crecen sin haber sido nunca mirados por lo que realmente son. En la edad adulta, este vacío estructural se manifiesta en forma de depresiones severas o enfermedades físicas sin explicación biológica tradicional.

Un punto crítico de la intervención fue la denuncia de la «retraumatización» que ocurre de forma inadvertida en muchas consultas actuales. Marín criticó con dureza la costumbre de los profesionales de tomar notas compulsivamente o mirar pantallas mientras el paciente intenta compartir su sufrimiento más íntimo. En su opinión, nada cura más que la mirada contingente y el contacto visual directo entre dos seres humanos. Muchos pacientes llegan con la herida de no haber sido nunca vistos; si el terapeuta repite esa falta de atención, está reforzando activamente el trauma original.

El doctor recomendó dejar el bolígrafo sobre la mesa y mirar a los ojos del paciente para crear un vínculo reparador y auténtico en el «aquí y ahora». El experto también cargó contra la «psiquiatrización de la vida» y el uso excesivo de psicofármacos para aplanar los síntomas afectivos del sujeto. Definió la ansiedad y la angustia no como enfermedades en sí mismas, sino como señales de alarma de que algo en la historia del sujeto está a punto de descompensarse. Tratar una crisis de pánico solo con pastillas es como apagar una alarma de incendios sin buscar el fuego.

La psicoterapia debe ir siempre a la raíz del síntoma, que casi siempre se encuentra en el abandono o en la carencia afectiva primaria de la infancia temprana. La relación terapéutica se presentó como el único espacio capaz de reparar de manera efectiva el daño ocurrido en las relaciones vinculares originales. Marín recordó que lo que se rompió en una relación solo puede sanarse a través de otra relación humana significativa. El terapeuta debe ofrecer una «base segura», un concepto de Bowlby que implica disponibilidad afectiva, contención profesional y una figura de autoridad protectora.

Sin este vínculo sólido y de confianza, cualquier herramienta técnica como el EMDR o el psicoanálisis pierde gran parte de su eficacia real en el proceso de cambio. Estas técnicas representan apenas un pequeño porcentaje del éxito total del tratamiento en comparación con la fuerza de la alianza entre paciente y clínico. En un gesto de honestidad profesional, el doctor recordó que el veinticinco por ciento de los profesionales de la salud también han sufrido agresiones o traumas en su propia infancia. Esta realidad explica por qué muchos terapeutas evitan preguntar por estas vivencias.

La respuesta del paciente suele resonar en las propias heridas no resueltas del profesional de la salud mental, activando mecanismos de defensa inconscientes. Por ello, Marín insistió en que la terapia personal es un requisito indispensable y obligatorio para cualquier psicoterapeuta que desee ser acreditado oficialmente. Solo un profesional que ha transitado y elaborado su propio dolor puede tener la capacidad de acompañar a otro a través de la «psicoterapia que duele». El doctor subrayó que si una terapia no genera dolor en algún momento, probablemente no esté realizando un trabajo profundo.

El Dr. Marín instó a los psicólogos noveles a abandonar la búsqueda obsesiva de herramientas técnicas vacías y centrarse en el arte de la presencia. Invitó a los asistentes a cambiar la pregunta tradicional de «¿qué te pasa?» por un más humano y profundo «¿qué te ha pasado?». Esta transición marca la diferencia fundamental entre una clínica del síntoma, que solo gestiona el malestar superficial, y una clínica del trauma, que busca la libertad real del sujeto. La verdadera medicina del futuro pasa por reconocer la verdad histórica de cada individuo, por dolorosa que esta sea.

La fibromialgia fue citada como un ejemplo paradigmático de cómo el cuerpo grita lo que la mente ha tenido que disociar para sobrevivir al horror cotidiano. El doctor compartió casos clínicos estremecedores donde el dolor físico crónico desaparecía únicamente cuando el paciente lograba verbalizar abusos silenciados durante décadas. En estos casos, el diagnóstico médico de enfermedad autoinmune servía solo para ocultar una historia de violencia familiar que nadie se había atrevido a preguntar. El clínico debe ser el primero en romper ese pacto de silencio que protege al agresor.

Para finalizar, la sesión concluyó con una reflexión sobre la responsabilidad social de la psicoterapia en un mundo cada vez más medicalizado. El Dr. Marín defendió que el psicoterapeuta debe ser un agente de verdad, no un administrador de placebos emocionales o simples pautas de comportamiento. La sanación auténtica requiere descender a los infiernos del paciente con una linterna, proporcionando la seguridad necesaria para que este pueda integrar sus partes disociadas. Solo mediante este proceso de integración neurobiológica y emocional se puede alcanzar la verdadera autonomía y la salud mental definitiva.

El modelo actual, basado excesivamente en manuales como el DSM, actúa a menudo como un catálogo de manifestaciones del sufrimiento que ignora la raíz del problema real. Marín subrayó que la inflamación sistémica y el sufrimiento psíquico son ramas de un mismo árbol cuya raíz se encuentra generalmente en las experiencias de la infancia. Al etiquetar a un paciente con una «enfermedad mental» por una protesta vital legítima, se le condena a una medicación crónica que solo aplana sus emociones. Esta práctica impide al paciente conectar con su historia y buscar una solución real.

La formación técnica solo representa entre el cinco y el once por ciento del éxito terapéutico final según diversos estudios internacionales citados en la jornada. Lo que realmente produce el cambio es la relación terapéutica y una base teórica sólida que permita comprender cómo el paciente ha llegado hasta su situación actual. La jornada concluyó con una invitación al coraje clínico: legitimar el miedo del paciente, ofrecer seguridad y, sobre todo, no dejar nunca de preguntar por el origen. El futuro de la salud mental pasa por un compromiso ineludible con la verdad del sujeto.