El psiquiatra vincula la falta de descanso reparador con la acumulación de basura neurotóxica en el cerebro y el desarrollo precoz de enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer.
El Dr. José Luis Marín, presidente de la Sociedad Española de Medicina Psicosomática y Psicoterapia y director de Formación Psicoterapia, ha presentado recientemente una contundente ponencia técnica donde analiza los devastadores efectos de la falta de sueño en la arquitectura cerebral. En esta sesión formativa dirigida a clínicos, el doctor explicó cómo la privación del descanso altera el sistema glinfático, impidiendo la limpieza de residuos metabólicos y provocando un estado de inflamación crónica. Según Marín, el sueño no es un estado pasivo, sino un proceso biológico activo e ineludible para la supervivencia y la estabilidad emocional del ser humano.
La estructura de la noticia se basa en el descubrimiento de que, durante el sueño profundo, las neuronas reducen su tamaño para permitir que el líquido cefalorraquídeo circule y arrastre las toxinas acumuladas durante el día. Marín califica este proceso como una «limpieza de alcantarillas» cerebral que solo ocurre cuando dormimos las horas necesarias. Si este proceso se interrumpe de forma sistemática, el cerebro comienza a acumular proteína beta-amiloide, la misma sustancia que se encuentra en las placas seniles de los pacientes con Alzheimer. Por tanto, dormir poco no es una opción de estilo de vida, sino una agresión biológica directa.
El psiquiatra fue tajante al afirmar que dormir habitualmente menos de seis horas constituye un «suicidio lento». La sociedad actual, marcada por la productividad y el uso de pantallas, ha normalizado la vigilia prolongada, ignorando que el cerebro necesita ese tiempo de desconexión para consolidar la memoria y regular las emociones. Cuando no dormimos, la amígdala se vuelve hiperactiva, lo que nos sitúa en un estado de alerta permanente. Este fenómeno explica por qué la falta de sueño genera irritabilidad, falta de concentración y una incapacidad manifiesta para gestionar el estrés cotidiano en los pacientes.
Durante la intervención, el experto analizó cómo la falta de descanso se convierte en un factor de riesgo crítico para el desarrollo de trastornos mentales severos. Un cerebro que no se limpia es un cerebro inflamado, y la inflamación neurobiológica es la base de la depresión, la ansiedad y los brotes psicóticos. Marín sostiene que muchos diagnósticos psiquiátricos actuales podrían mejorar significativamente si se priorizara la higiene del sueño como una intervención clínica de primer orden. El clínico no puede limitarse a tratar la tristeza si no ha evaluado primero cuántas horas descansa realmente el sujeto.
Un punto crítico de la ponencia fue la denuncia del uso indiscriminado de benzodiacepinas para forzar el sueño. Marín explicó que estos fármacos suelen inducir un estado de sedación, pero no un sueño fisiológico de calidad. Al tomar pastillas, el paciente «se apaga», pero no entra en las fases necesarias para que se produzca la limpieza glinfática. Esto crea una falsa sensación de descanso mientras el cerebro continúa acumulando basura neurotóxica. El doctor instó a los profesionales a buscar la raíz del insomnio, que a menudo está vinculada a traumas no resueltos o carencias afectivas.
La relación entre el sueño y el trauma relacional fue otro de los ejes centrales de la sesión. El paciente traumatizado vive en un estado de hipervigilancia que le impide «entregarse» al sueño, ya que percibe la pérdida de conciencia como una amenaza. Para estas personas, dormir significa bajar la guardia, algo que su sistema nervioso no se permite debido a las heridas del pasado. En estos casos, el insomnio no es la enfermedad, sino un mecanismo de defensa adaptativo que intenta proteger al individuo de un peligro que ya no existe en el presente.
Marín recomendó a los terapeutas dejar de ver el sueño como un síntoma secundario y empezar a considerarlo un pilar biográfico. En la consulta, la pregunta sobre cómo duerme el paciente debe ser obligatoria y profunda. No basta con saber si duerme, sino cómo lo hace y qué siente al despertar. La presencia de pesadillas recurrentes o la fragmentación del descanso son indicadores claros de que el cerebro está intentando procesar información emocionalmente pesada que no ha sido integrada durante la vigilia. La sanación auténtica requiere necesariamente restaurar el ritmo circadiano.
El doctor también alertó sobre las consecuencias metabólicas de la privación de sueño, vinculándola con la obesidad y la diabetes tipo 2. Cuando no dormimos, las hormonas que regulan el hambre y la saciedad, como la leptina y la ghrelina, se descompensan. Esto empuja al individuo a buscar alimentos hipercalóricos para compensar la falta de energía, creando un círculo vicioso de inflamación sistémica. Un cerebro cansado carece de la fuerza de voluntad necesaria para tomar decisiones saludables, lo que acaba afectando a toda la economía corporal y a la esperanza de vida.
Para el psiquiatra, el sueño debe ser defendido como un derecho humano y una necesidad biológica sagrada. Criticó la cultura del «ya dormiré cuando me muera», advirtiendo que esa actitud sólo acelera el proceso de deterioro físico y mental. El cerebro es un órgano extremadamente delicado que requiere un mantenimiento diario riguroso. La medicina del futuro, según Marín, pasará por entender que la salud cerebral depende de este equilibrio sutil entre la actividad diurna y la reparación nocturna. Sin un descanso de calidad, cualquier otra intervención terapéutica verá limitada su eficacia real.
En la recta final de la formación, se insistió en que el tratamiento del insomnio debe ser multidisciplinar. Es fundamental educar al paciente en la higiene del sueño, limitando el uso de dispositivos electrónicos y creando un entorno de oscuridad total. Sin embargo, Marín recordó que si el insomnio persiste, suele ser porque hay una «historia que no deja dormir». La labor del psicoterapeuta es ayudar al paciente a descender a sus propios infiernos con una linterna para que, una vez pacificada su biografía, el sistema nervioso pueda finalmente permitirse el descanso.
La sesión concluyó con un llamamiento a la responsabilidad social de los profesionales de la salud. El Dr. Marín defendió que la prevención de las demencias comienza décadas antes de los primeros síntomas, cuidando la calidad del sueño hoy. Un cerebro que se limpia cada noche es un cerebro resiliente y capaz de envejecer con dignidad. La verdadera medicina no es solo la que cura, sino la que enseña al individuo a respetar sus propios ritmos biológicos. Solo reconociendo la importancia vital del sueño se podrá aspirar a una salud mental integral y duradera.


