El Trauma en la Infancia: La Herida Invisible que Marca el Destino Adulto

El Trauma en la Infancia, con el Dr. José Luis Marín

El Dr. José Luis Marín, presidente de la Sociedad Española de Medicina Psicosomática, advierte que enfermedades como la depresión, las adicciones o incluso patologías autoinmunes son, en realidad, «heridas abiertas» de vivencias traumáticas no resueltas durante los primeros años de vida.

La salud mental en el siglo XXI se enfrenta a un cambio de paradigma histórico impulsado por la necesidad de mirar más allá de los síntomas superficiales. En una reciente y reveladora intervención dirigida a profesionales de la salud, el Dr. José Luis Marín ha puesto el foco sobre el trauma infantil, definiéndolo no solo como un suceso puntual de violencia, sino como una fractura estructural en las creencias básicas de seguridad con las que el individuo sale al mundo. Según el experto, gran parte de la sintomatología que los profesionales encuentran hoy en las consultas son las manifestaciones externas de una herida interna que nunca llegó a cicatrizar.

Para el Dr. Marín, el enfoque clínico tradicional ha cometido el error sistemático de tratar el síntoma como la enfermedad en sí misma, sin comprender que el síntoma es, en realidad, una solución defensiva ante un dolor insoportable. Al observar a los pacientes, el clínico a menudo se queda en la superficie de la conducta. Sin embargo, Marín insiste en que esa «herida abierta» que se diagnostica como adicción a opiáceos o depresión mayor es el resultado de un trauma no integrado. El objetivo de la psicoterapia moderna, por tanto, no debería ser simplemente la supresión de la conducta disfuncional, sino lograr la cicatrización real de la experiencia traumática original.

Esta fractura traumática rompe lo que Marín denomina la «creencia de invulnerabilidad«. Todos salimos a la calle cada mañana convencidos de que las tragedias les ocurren a otros, una ilusión necesaria para la supervivencia diaria. Sin embargo, el trauma infantil destruye esta convicción, dejando al niño y posteriormente al adulto en un mundo que percibe como desordenado, imprevisible y carente de significado. El paciente traumatizado no solo sufre por lo que le pasó, sino por la pérdida de su capacidad para sentirse seguro en el mundo, lo que genera un estado de alerta permanente que consume sus recursos biológicos.

En su ponencia, el director de  Formación Psicoterapia distingue claramente entre dos categorías de trauma para orientar la práctica clínica. El «Trauma Agudo o Tipo I» es aquel acontecimiento puntual, como un accidente o un desastre natural, que cuenta con «voz social» y es fácilmente reconocido por el entorno. No obstante, el verdadero desafío para la psicología contemporánea reside en el «Trauma Complejo o Tipo II«, el trauma del desarrollo. Este no siempre se manifiesta con grandes estallidos de violencia física, sino que se compone de experiencias menos intensas pero repetidas y mantenidas en el tiempo, como la negligencia o el abandono.

“La denuncia del abuso sexual infantil como una pandemia silenciosa»

Uno de los puntos más críticos y valientes de la intervención fue la denuncia del abuso sexual infantil como una «pandemia silenciosa«. Apoyándose en datos oficiales del Ministerio de Sanidad, Marín recordó que una de cada cuatro mujeres en España ha sufrido abusos en la infancia, y que en el 85% de los casos el agresor pertenece al entorno familiar. Esta realidad se mantiene oculta bajo una capa de negación sistematizada. La sociedad a menudo evita «abrir el melón» por el miedo y el dolor que genera enfrentarse a una verdad tan decepcionante. Esta negación obliga a las víctimas a un largo peregrinaje de diagnósticos erróneos.

El experto también alertó sobre las nuevas formas de trauma propias de la sociedad occidental, lo que denominó el «Abandono del Siglo XXI«. Este tipo de trauma relacional temprano surge de la falta de sintonía emocional entre padres e hijos. En un sistema donde el éxito profesional choca con los tiempos biológicos de crianza, los niños son a menudo «instalados» en un sinfín de actividades extraescolares. El niño, que biológicamente solo necesita presencia, mirada y sintonía, recibe a cambio bienes materiales. Como señala Marín, si un bebé necesita un abrazo y recibe un objeto tecnológico, se produce una herida de desprotección profunda.

La base de este discurso es puramente neurobiológica. El ser humano nace con un cerebro «en ruinas» que se construye físicamente a través de la relación con el otro. La mirada de los padres, el tacto y la contención son los arquitectos de las conexiones neuronales. Si el vínculo se establece desde la paz, el adulto desarrollará resiliencia. Si se construye desde el miedo o la duda, el cerebro se organiza para la defensa constante, interpretando cualquier estímulo futuro como una amenaza. Este «trauma relacional temprano» es el origen de la inmensa mayoría de los problemas que saturan las consultas actuales.

Marín introdujo el concepto clave de «lo sabido impensado«, refiriéndose a aquel conocimiento primitivo que el paciente posee sobre su trauma pero que no sabe cómo verbalizar ni pensar. El trabajo del psicoterapeuta consiste en transformar ese saber mudo en un relato compartido que permita la sanación. Para ello, es fundamental que la clínica abandone la pregunta del «¿qué te pasa?» para centrarse en el «¿qué te ha pasado?». Esta distinción es, según el psiquiatra, una obligación ética y legal para evitar la negligencia profesional.

“El sistema está convirtiendo reacciones adaptativas ante la precariedad o el dolor en trastornos catalogados por el DSM.”

Hacia el final de su intervención, el Dr. Marín realizó una crítica frontal al modelo de la «psiquiatrización de la vida«. Denunció cómo el sistema está convirtiendo reacciones adaptativas ante la precariedad o el dolor —como la tristeza o el enfado— en trastornos catalogados por el DSM. Al etiquetar a un paciente con una «enfermedad mental» por una protesta vital, se le condena a una medicación crónica que solo aplana sus emociones pero no cura su historia. Los antidepresivos, según Marín, no curan; a menudo crean estados mentales alterados que impiden al paciente conectar con la raíz de su sufrimiento.

Finalmente, el doctor hizo un llamamiento a la responsabilidad profesional de los psicólogos y médicos. Instó a ser valientes para preguntar por el pasado y para devolver al paciente su historia. La medicina del futuro pasa por entender que la inflamación sistémica y el sufrimiento psíquico son ramas de un mismo árbol cuya raíz se encuentra en la infancia. La curación no es un proceso químico, sino un acto ético de reconocimiento y reparación de la verdad histórica del sujeto. Solo haciendo luz sobre lo que durante tanto tiempo estuvo oculto, se puede aspirar a una verdadera sanación y libertad.