Cómo el trauma relacional temprano influye en la fibromialgia

trauma relacional temprano

La psicóloga y psicoterapeuta Begoña Aznárez ha defendido en una reciente sesión formativa dirigida a clínicos que la fibromialgia puede entenderse, en muchos casos, como la somatización de un trauma relacional complejo no procesado. Según la experta, cuando las heridas emocionales de la infancia no logran integrarse en la conciencia, terminan canalizándose a través del cuerpo y aflorando como dolor físico crónico, fatiga y otros síntomas que la medicina convencional no siempre consigue explicar.

La exposición forma parte del programa docente de Formación Psicoterapia, la iniciativa de enseñanza clínica que dirige el Dr. José Luis Marín, presidente de la Sociedad Española de Medicina Psicosomática y Psicoterapia y director de Formación Psicoterapia. En esta ponencia, Aznárez propuso a los profesionales una lectura del dolor físico que obliga a mirar mucho más atrás en la biografía del paciente.

Para explicar el origen, la experta distinguió entre dos formas de trauma. El trauma simple sería como «un mazazo que parte el cráneo de una sola vez» —un accidente grave, una agresión—, mientras que el trauma complejo funciona como «una gota insidiosa» que cae día tras día sobre el mismo punto hasta provocar, con el tiempo, una devastación equivalente. No hay un golpe único, sino una acumulación silenciosa.

Ese trauma complejo se gesta en la infancia, en periodos de extrema vulnerabilidad, y casi siempre implica a las figuras de apego. Son precisamente quienes deberían aportar seguridad los que, por negligencia, falta de respuesta emocional o abuso, se convierten en fuente de daño. La contradicción es demoledora para un niño que depende por completo de ellos para sobrevivir.

Cuando las necesidades emocionales del menor no son validadas ni atendidas, explicó, se produce disociación: la experiencia, en lugar de integrarse, se fragmenta. Queda así una «voz interna» que nunca fue traducida ni legitimada, un malestar sin relato que el sujeto arrastra sin poder nombrar y que sigue actuando desde la sombra.

Acerca del trauma relacional temprano

Aznárez apoyó su explicación en la neurobiología del trauma, en línea con las investigaciones de Joseph LeDoux. En condiciones normales, el tálamo recibe la información sensorial, la reparte entre la amígdala y la corteza e integra las respuestas hacia el córtex prefrontal, lo que permite reaccionar de forma adaptativa. Cuando la amígdala se hiperactiva, en cambio, bloquea esa comunicación y la información queda sin procesar.

La clave para que ese circuito madure es la respuesta contingente del cuidador. La psicoterapeuta lo ilustró con un ejemplo sencillo: un niño asustado por un perro necesita que el adulto primero reconozca su miedo y solo después lo reoriente hacia la calma. Es lo que el psiquiatra Daniel Siegel resume como «primero conecta, después redirige». Sin esa validación, el niño concluye que ni él ni sus emociones son fiables.

De ese modo, cuando las vivencias emocionales no se integran, el malestar se desvía hacia el sistema nervioso autónomo y aparece en órganos y funciones que este regula: dermatitis, amenorrea, síndrome del colon irritable y, de forma muy característica, dolor corporal crónico. La fibromialgia sería, en esta lectura, dolor emocional traducido a dolor físico.

La consecuencia terapéutica es esperanzadora. Según Aznárez, cuando se procesa e integra el trauma emocional primario, el síntoma somático pierde su función y tiende a desaparecer, porque el cuerpo ya no necesita «gritar» aquello que por fin ha podido ser pensado y dicho. El dolor deja de ser el único idioma disponible.

La experta advirtió, no obstante, contra las simplificaciones. Diferenció el trauma complejo —relacional, infantil y formador de la identidad— del trauma múltiple propio de la edad adulta, como el que sufren militares o profesionales de emergencias, que responde a otros mecanismos y requiere otro abordaje. Confundirlos, dijo, conduce a tratamientos ineficaces.

En esa línea, señaló que muchas mujeres víctimas de violencia de género parten de una base de trauma complejo infantil que las predispone a permanecer en relaciones abusivas. Trabajar solo la violencia actual, sin abordar esa indefensión aprendida temprana, resulta insuficiente para una recuperación real.

Aznárez cargó también contra la falta de validación social: mientras un accidente grave se reconoce sin reparos como estrés postraumático, la negligencia emocional sostenida en la infancia suele minimizarse con frases como «tus padres hacían lo que podían». Esa ausencia de legitimación, sostuvo, perpetúa la patología y aísla aún más al paciente.

Como vía de reparación, la psicoterapeuta reivindicó los llamados actos de triunfo: momentos en los que la persona se opone de forma asertiva a quien la dañó. No basta con vivirlos mentalmente, precisó; deben expresarse también en el cuerpo, mediante el movimiento, con apoyos como la terapia sensoriomotriz. Solo así, concluyó, se sana el trauma relacional temprano y no únicamente su eco en forma de dolor.

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