Cómo trabajar con pacientes que no sienten: una guía clínica integral

Muchos clínicos se enfrentan a un reto silencioso: pacientes que dicen no sentir nada, que viven desconectados de su mundo interno y del cuerpo. Entender este fenómeno y decidir cómo proceder es crucial para no iatrogenizar. En este artículo abordamos cómo trabajar con pacientes que no sienten desde un enfoque integrador, basado en el apego, el trauma y la medicina psicosomática, con indicaciones prácticas aplicables en consulta.

Qué significa “no sentir” en clínica

“No sentir” no es ausencia de vida emocional, sino un patrón de desconexión afectiva que cumple una función protectora. Puede expresarse como alexitimia, embotamiento, hipoactivación autonómica, anhedonia o disociación. La clave no es forzar la emoción, sino comprender su función defensiva y restaurar, paso a paso, la capacidad de percibir, nombrar y modular el mundo interno.

Mecanismos neurobiológicos y teoría del apego

En términos neurobiológicos, el organismo prioriza la supervivencia apagando la reactividad cuando no es posible luchar o huir. El cierre dorsal, descrito en el marco polivagal, explica el entumecimiento, la bradicardia subjetiva y la sensación de vacío. En la teoría del apego, los estilos inseguros, especialmente el evitativo y el desorganizado, contribuyen a estrategias de desactivación afectiva que se consolidan como rasgos.

Determinantes sociales y cuerpo

La desconexión emocional se nutre de determinantes sociales: pobreza, violencia, discriminación, duelos migratorios o precariedad laboral. El estrés sostenido altera la interocepción y favorece síntomas psicosomáticos. En consulta es frecuente encontrar cefaleas, dolor difuso, colon irritable, insomnio o fatiga, donde el cuerpo expresa lo que la mente no puede simbolizar.

Claves clínicas sobre cómo trabajar con pacientes que no sienten

El punto de partida es la seguridad. Antes de pedir emoción, ofrecemos regulación. La alianza terapéutica debe ser explícitamente colaborativa, validando el “no sentir” como una solución de supervivencia. La intervención se organiza por fases: estabilización, exploración gradual y, finalmente, integración, con especial atención a la ventana de tolerancia y a la capacidad de mentalización.

Evaluación y formulación integrativa

Una evaluación cuidadosa discrimina entre defensa y déficit. Indagamos historia de apego, eventos traumáticos, consumo de sustancias, salud física y contexto social. Herramientas como escalas de alexitimia, entrevistas de apego o medidas de conciencia interoceptiva orientan el mapa clínico. La formulación integra mente y cuerpo, evitando dicotomías simplistas que fragmentan el cuidado.

Establecer seguridad y co-regulación

La seguridad se transmite con previsibilidad, límites claros y una comunicación sensible al ritmo del paciente. La co-regulación ocurre en la prosodia, el contacto visual dosificado, la respiración calmada y el tempo conversacional. La sala de terapia deviene un contexto de neurocepción segura, donde sentir deja de ser peligroso y empieza a ser posible.

Intervenciones somáticas graduadas

Con pacientes hipoactivados priorizamos microprácticas interoceptivas: orientar la atención a puntos de apoyo, distinguir temperatura y textura, notar la respiración sin modificarla, hacer pausas de orientación visual. Evitamos técnicas intensas al inicio. Trabajamos segundos, no minutos, y validamos cualquier microcambio, favoreciendo que el cuerpo vuelva a ser un territorio habitable.

Mentalización y alfabetización emocional

Para quienes carecen de vocabulario afectivo, usamos un lenguaje funcional y progresivo. Pasamos de sensaciones a estados: “presión en el pecho” se explora como “señal de importancia o miedo”. Introducimos escalas simples, metáforas compartidas y diferenciaciones finas entre activación, emoción y acción, cultivando una mente que se mira a sí misma sin juicio.

Trabajo con memoria implícita y trauma

La memoria del cuerpo suele preceder a la narrativa. Usamos aproximaciones graduadas al recuerdo, pendulación entre recursos y material difícil, y reconsolidación de memorias con anclajes somáticos. El objetivo no es reexperimentar, sino recontextualizar. El terapeuta guía sin invadir, siguiendo la señal del sistema nervioso más que una agenda técnica rígida.

Lenguaje, metáforas y cultura

El “no sentir” puede estar reforzado culturalmente. En algunos entornos, la templanza emocional se asocia a competencia o masculinidad. Nombramos ese contexto para desmontar culpas y abrir caminos de legitimación del sentir. Las metáforas (“un ecualizador afectivo”, “semáforo corporal”) ayudan a compartir significado sin forzar confesiones.

La relación terapéutica como tratamiento

La relación es el método. Una presencia firme y cálida modela nuevas asociaciones entre sentir y seguridad. El terapeuta se ofrece como base segura: disponible, legible y consistente. Las micro-reparaciones ante inevitables desajustes fortalecen el apego terapéutico, habilitando experiencias emocionales correctivas que ninguna técnica logra en solitario.

Ritmo, voz y sincronía

Regular es modular. Ajustamos la velocidad, el volumen y el tono a la ventana de tolerancia del paciente. En hipoactivación, la voz clara y un poco más animada puede levantar la energía sin abrumar. Con hiperactivación, el tempo se suaviza. La sincronía fina entre terapeuta y paciente restaura el diálogo neurobiológico de seguridad.

Resistencias y silencios

El silencio no es vacío, es comunicación. En lugar de llenarlo, lo exploramos: “¿Cómo es este silencio en el cuerpo?”. Resistir suele ser proteger. Apreciamos la resistencia como aliada y negociamos microexperimentos, manteniendo la agencia del paciente. Cuando aparece vergüenza, hacemos explícita la dignidad del ritmo propio.

Psicosomática: cuando el cuerpo habla lo que la mente calla

En medicina psicosomática, “no sentir” convive con síntomas físicos persistentes. Trabajamos con ensayos somáticos: vincular una molestia con un contexto, mapear su variación durante la sesión, explorar movimientos mínimos que modifiquen la sensación. El objetivo es aumentar la capacidad de escuchar el cuerpo sin catastrofizar ni desconectarse.

Coordinación interdisciplinar

La colaboración con medicina, fisioterapia, nutrición o trabajo social amplifica el tratamiento. Derivamos para descartar patología orgánica y coordinamos objetivos. Las pautas de sueño, el manejo del dolor y la actividad física graduada sostienen la terapia. La mesa interdisciplinar evita explicaciones reduccionistas y acompaña al paciente con coherencia.

Aplicación en recursos humanos y coaching profesional

En ámbitos no clínicos, trabajamos con interocepción, lenguaje emocional básico y regulación en el desempeño. Se clarifica el límite entre acompañamiento y psicoterapia, y se diseñan prácticas de atención somática breves para reuniones difíciles o feedback complejo. El foco está en la seguridad psicológica y en sistemas de trabajo que no perpetúen el entumecimiento.

Errores clínicos frecuentes y cómo evitarlos

  • Forzar la catarsis antes de crear seguridad relacional y somática.
  • Interpretar en exceso y muy pronto, alejando al paciente de la experiencia.
  • Usar prácticas intensas de atención interna que desencadenan disociación.
  • Ignorar comorbilidad médica y reducir todo a “lo emocional”.
  • Confundir ausencia de afecto expresado con ausencia de riesgo.

Indicadores de progreso y métricas útiles

Progreso es pasar de “nada” a “algo”. Observamos mayor precisión al nombrar sensaciones, aumento de oscilación afectiva tolerable, decisiones pequeñas que restauran agencia y disminución de quejas somáticas. Instrumentos de evaluación emocional y medidas de interocepción pueden complementar el juicio clínico, sin sustituir la mirada integral.

  • Lenguaje más rico: de adjetivos globales a descripciones específicas.
  • Tolerancia a microemociones sin fuga ni colapso.
  • Corporalidad más presente: postura, respiración y mirada más vivas.
  • Relaciones menos evitativas y mejor coordinación con el entorno.

Viñeta clínica (síntesis)

Varón de 32 años, migrañas recurrentes y discurso de vacío: “no siento nada”. Fase 1: seguridad y rutina sensorial breve al inicio de cada sesión. Fase 2: mapear una presión cervical que aparece al hablar de desempeño laboral; se nombra como “carga”. Fase 3: pequeños actos de agencia en el trabajo. En semanas, el lenguaje afectivo y la energía vital aumentan, y la migraña reduce su frecuencia.

Consideraciones éticas y de seguridad

El entumecimiento puede enmascarar ideación suicida o violencia. Evaluamos riesgo de forma sistemática, explicitamos un plan de crisis y acordamos señales para pausar cuando la activación supere el umbral tolerable. El consentimiento informado incluye explicar por qué avanzamos despacio y cómo protegeremos la integridad del paciente en cada paso.

Formación y supervisión continua

Bajo la dirección del Dr. José Luis Marín, psiquiatra con más de cuarenta años de experiencia en psicoterapia y medicina psicosomática, Formación Psicoterapia impulsa prácticas basadas en evidencia y experiencia. Integramos teoría del apego, trauma y determinantes sociales con herramientas somáticas y relacionales. La supervisión continua es el mejor antídoto contra la iatrogenia.

Conclusión

“No sentir” es una forma de tratar de estar a salvo. Nuestra tarea es devolver al paciente la posibilidad de habitarse con seguridad, paso a paso, desde la relación, el cuerpo y el lenguaje. Si deseas profundizar en cómo trabajar con pacientes que no sienten con rigor y humanidad, te invitamos a conocer los programas avanzados de Formación Psicoterapia.

Preguntas frecuentes

¿Cómo abordar clínicamente a un paciente que dice “no siento nada”?

Empezar por seguridad y co-regulación es la mejor estrategia. Valida el “no sentir” como protección, usa intervenciones somáticas breves y un lenguaje funcional. Evita forzar catar sis o introspecciones intensas al inicio. Formula el caso integrando apego, trauma y contexto social, y mide progreso por microcambios en interocepción, no por intensidad emocional.

¿Qué diferencia hay entre alexitimia y disociación emocional?

Alexitimia alude a dificultad para identificar y describir emociones; la disociación emocional implica desconexión del afecto para reducir sufrimiento. En clínica suelen coexistir. La evaluación debe explorar historia de apego, trauma y funcionamiento autonómico. El tratamiento se centra en interocepción gradual, mentalización y un vínculo terapéutico seguro y sostenido.

¿Cómo integrar síntomas físicos en el tratamiento del “no sentir”?

Trata los síntomas físicos como información, no como estorbo. Realiza ensayos somáticos breves, coordina con medicina para descartar patología y vincula variaciones corporales con contextos emocionales. Esto incrementa la interocepción y reduce el embotamiento. La colaboración interdisciplinar sostiene el proceso y previene reduccionismos que dañan la alianza.

¿Qué hago si el paciente se aburre o se queda en silencio?

El silencio puede ser una forma de regulación. Nómbralo y llévalo al cuerpo: “¿Cómo se siente este silencio?”. Ajusta ritmo, voz y contacto visual. Propón microexperimentos de atención somática o metáforas compartidas. Evita llenar el vacío con interpretaciones y honra la función protectora del silencio mientras construyes seguridad relacional.

¿Cómo saber si avanzo con un paciente que no muestra emoción?

El avance se mide por precisión y tolerancia, no por intensidad. Busca un vocabulario más rico para sensaciones, mayor presencia corporal, oscilaciones afectivas pequeñas y decisiones con agencia. Observa si disminuyen quejas somáticas y evasiones relacionales. Usa instrumentos de evaluación emocional como apoyo, sin sustituir el criterio clínico.

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