El Dr. José Luis Marín propone una psicoterapia que trascienda la palabra para sanar el cuerpo

psicoterapia que trascienda la palabra para sanar el cuerpo

La urgente necesidad de transitar desde una clínica del intelecto hacia una terapia del organismo centró la reciente ponencia técnica impartida por el Dr. José Luis Marín en Madrid. Ante un auditorio de profesionales de la salud, el psiquiatra analizó cómo el modelo tradicional centrado exclusivamente en la palabra ha resultado insuficiente para abordar las secuelas del trauma complejo. Marín defendió que la verdadera sanación no ocurre cuando el paciente entiende intelectualmente su problema, sino cuando el sistema nervioso logra integrar las sensaciones físicas disociadas por el dolor biográfico acumulado.

Como director de Formación Psicoterapia y presidente de la Sociedad Española de Medicina Psicosomática y Psicoterapia, el doctor subrayó que el ser humano nace con un cerebro inacabado que se construye físicamente en la relación con el otro. Según el experto, el neonato posee lo que define como un “cerebro en ruinas” que requiere de la mirada, el tacto y la sintonía afectiva para organizar su arquitectura neuronal. Cuando este vínculo temprano es inestable o violento, las conexiones se organizan para la supervivencia y la defensa, no para el crecimiento o la exploración segura del mundo.

El punto de partida de la sesión fue la crítica a la excesiva intelectualización que impera en muchas consultas de psicología y psiquiatría. Marín advirtió que intentar resolver un trauma mediante la razón es a menudo ineficaz, ya que la huella somática del sufrimiento reside en áreas subcorticales del cerebro que son impermeables al lenguaje lógico. Para el clínico, es vital entender que el cuerpo guarda el recuerdo de lo que la mente ha tenido que olvidar, manifestándose décadas después en forma de enfermedades autoinmunes, dolores crónicos o trastornos de ansiedad persistentes.

Un concepto fundamental de la jornada fue la importancia de la mirada del terapeuta como arquitecto de la reparación vincular. El experto explicó que la presencia plena y el contacto visual directo son herramientas capaces de calmar la amígdala cerebral de forma mucho más potente que cualquier psicofármaco. En su opinión, muchos pacientes acuden a terapia con la herida profunda de no haber sido nunca vistos con sintonía; si el profesional repite esa falta de contacto al tomar notas compulsivamente, confirma la creencia del sujeto de que su dolor no tiene importancia real.

Durante su intervención, se analizó profundamente la relación entre la carencia afectiva temprana y la alteración del sistema neuroendocrino. El Dr. José Luis Marín detalló cómo un niño criado sin una base segura vive en un estado de estrés mantenido que provoca una inflamación sistémica de bajo grado. Con el tiempo, este “incendio biológico” sensibiliza las vías del dolor, explicando la alta correlación entre el maltrato infantil y patologías como la fibromialgia. La curación exige que el terapeuta actúe como un agente de seguridad que permita al sistema nervioso abandonar el modo de alerta.

La sesión también abordó la trampa del etiquetado diagnóstico y el uso excesivo de manuales como el DSM. Marín sostuvo que las etiquetas a menudo ocultan la complejidad de la persona y patologizan respuestas adaptativas ante un entorno hostil. Defendió que no existe una psicoterapia de la depresión en sí misma, sino una psicoterapia de la vida y de las heridas que el cuerpo ha custodiado durante años. El clínico debe aspirar a sostener el malestar ajeno sin recurrir a la evitación farmacológica indiscriminada, permitiendo que emerja la verdad histórica del paciente.

Otro fenómeno analizado fue la alexitimia, la incapacidad de identificar y verbalizar las propias emociones, muy frecuente en pacientes que somatizan su sufrimiento. Marín explicó que el trabajo del terapeuta consiste en actuar como una “linterna de seguridad”, acompañando al sujeto a poner palabras a lo que su cuerpo expresa mediante la rigidez o la inflamación. Al transformar el saber mudo del trauma en una narrativa compartida, la necesidad biológica del organismo de manifestar el malestar disminuye, permitiendo que la homeostasis se restablezca de forma natural y duradera.

La jornada concluyó subrayando que el éxito de cualquier intervención depende de la solidez de la alianza terapéuticay la capacidad del clínico para sostener el dolor. El paciente necesita sentir que el profesional es capaz de descender a sus propios infiernos emocionales sin asustarse y sin juzgarlo. Esta seguridad relacional es el único factor capaz de desactivar el sistema de alarma cerebral y permitir una verdadera sanación profunda. Para el experto, el futuro de la salud mental pasa por un compromiso ineludible con la escucha profunda de la biografía del sujeto.

El cambio de paradigma propuesto exige que los futuros clínicos entiendan que el síntoma no es un error de la biología, sino una estrategia de supervivencia. Al legitimar el malestar como una respuesta lógica a una historia de sufrimiento, el paciente puede abandonar la lucha contra su propio organismo y comenzar el camino hacia la libertad real. La verdadera medicina no es aquella que suprime la señal de alarma, sino la que enseña al individuo a respetarse y a honrar sus propios ritmos, logrando una integración real entre lo biológico y lo biográfico.

Solo cuando el sistema nervioso se siente seguro, el cuerpo puede dejar de gritar lo que la mente ha callado durante años. El compromiso ético del profesional de la salud debe ser devolver al paciente la autoría de su propia vida, permitiéndole dejar de ser un rehén de sus síntomas físicos para convertirse en el narrador consciente de su historia. La salud, en palabras de Marín, no es la ausencia de dolor, sino la capacidad de integrar nuestras heridas para que se conviertan en parte de una identidad fortalecida y resiliente ante la vida.