El Dr. Marín: «Es más económico que te duela el cuerpo a que te duela la vida»

¿Por qué duele el cuerpo cuando las pruebas médicas no encuentran nada? A esa pregunta, que desconcierta por igual a pacientes y clínicos, dedicó el Dr. José Luis Marín una conferencia impartida en la UDIMA por invitación de la profesora Eva Izquierdo. Ante un auditorio de médicos y psicólogos, el psiquiatra sostuvo que muchos síntomas físicos sin hallazgo orgánico son, en realidad, un lenguaje del malestar psíquico. Su propósito, dijo, era «provocar» a los asistentes para reconciliar dos mundos que la práctica clínica mantiene separados: el cuerpo y la mente.

El origen de esa fractura tiene nombre propio: el error de Descartes. Marín recuperó la expresión que el neurocientífico Antonio Damasio popularizó en su célebre libro para denunciar el dualismo que aún separa lo biológico de lo psicológico. Recordó que se trata de una división puramente administrativa, porque quien acude con una dolencia corporal también tiene aparato psíquico, y quien consulta por un problema emocional también tiene cuerpo. Todo lo que sucede en la mente repercute en el organismo, y a la inversa, de modo que pretender aislarlos carece de sentido.

De ahí que el ponente describiera el cuerpo como un auténtico «campo de batalla», el escenario donde libran sus guerras lo biológico, lo psicológico y lo social. Fundador y presidente de la Sociedad Española de Medicina Psicosomática y Psicoterapia, además de director de Formación Psicoterapia, Marín explicó que su equipo lleva más de cuatro décadas persiguiendo un mismo objetivo: acercar lo psíquico y lo corporal en la asistencia, evitando que la medicina y la psicología avancen como dos galaxias de conocimiento cada vez más alejadas.

El concepto clave de la charla fue la somatización. Citando a su maestro Zbigniew Lipowski, el psiquiatra la definió como la tendencia a experimentar y comunicar el sufrimiento psicológico e interpersonal a través de síntomas corporales por los que se busca ayuda médica. Cuadros como la fibromialgia, el asma bronquial, el colon irritable o buena parte de la patología cutánea funcionan, según esta lectura, como mensajes: un idioma del malestar que el paciente no ha aprendido a expresar de otra manera, en buena medida porque nadie se lo ha enseñado.

Pero somatizar no es solo comunicar, matizó el experto: es también un mecanismo de defensa que rebaja los niveles de angustia. Lo resumió con una fórmula que puede seguirse íntegra en la grabación de la conferencia: «es más económico que te duela el cuerpo a que te duela la vida». Prefiero que me duela todo el cuerpo, ejemplificó con la fibromialgia, antes que sentir que me duele el alma, porque para ese dolor íntimo la medicina contemporánea apenas ofrece respuesta, más allá de medicalizarlo.

Ese fenómeno, la medicalización de la vida cotidiana, ocupó buena parte de la reflexión. Cuando un síntoma que nació como llamada de atención emocional se convierte en etiqueta médica, advirtió Marín, se le arrebata a la persona la posibilidad de expresar su malestar de otro modo. De ahí el lema que repite como un mantra en su escuela: el motivo de consulta nunca es el problema. Puede ser un problema, sin duda, pero el verdadero problema late siempre por debajo, en la historia biográfica del paciente.

Para explicar el mecanismo, el conferenciante describió un circuito sencillo. Un estímulo emocionante activa el cerebro límbico, que procesa la emoción según los modelos internos aprendidos en la infancia y la traslada a la corteza para ponerla en palabras. Cuando ese paso se bloquea, habitualmente a raíz de una experiencia traumática insoportable, el cerebro se desconecta: el límbico se separa de lo cortical y la persona se queda sin palabras para nombrar lo que siente. Esa incapacidad tiene nombre técnico, alexitimia, término acuñado por su profesor Peter Sifneos.

Privada de salida verbal, la tensión no desaparece, sino que se descarga hacia el cuerpo. El organismo estimula entonces el eje hipotálamo-hipófiso-adrenal, el sistema nervioso autónomo, el inmunitario y el musculoesquelético, y así emerge el síntoma. «El síntoma corporal es el lenguaje del malestar», sintetizó el ponente, subrayando que este esquema no explica únicamente la patología psicosomática, sino la mayoría de los motivos de consulta que llegan a cualquier consulta clínica o psicológica.

Si la enfermedad nace de una desconexión, la salida pasa por la reconexión, aunque Marín introdujo un matiz que considera decisivo: para reconectar al paciente consigo mismo, el profesional debe antes conectar con él. Sobre esa base, propuso combinar las terapias «de arriba abajo», la clásica cura por la palabra heredada de Freud, con otras «de abajo arriba» que parten del cuerpo. Recordó, por ejemplo, que dormir bien reduce la puntuación en la escala de depresión de Hamilton hasta tres veces más que un fármaco, junto al valor del yoga, la respiración, el ejercicio o una buena alimentación.

El psiquiatra cerró con una máxima del médico William Osler que, a su juicio, resume la mirada psicosomática: importa más saber qué tipo de persona tiene una enfermedad que qué tipo de enfermedad tiene una persona. Por eso invitó a cambiar la pregunta que abre toda consulta, sustituyendo el «¿qué te pasa?» por un «¿qué te ha pasado?». Solo así, concluyó, dejaremos de perseguir el síntoma para empezar a escuchar a la persona que lo padece, y comprenderemos por qué, a veces, el cuerpo enferma sin causa médica aparente.

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