El Dr. Marín muestra cómo las emociones dejan huella en el cuerpo

El psiquiatra Dr. José Luis Marín presentó esta semana en Madrid un esclarecedor análisis sobre la relación entre el sufrimiento emocional temprano y las patologías crónicas del adulto. Ante un foro de profesionales sanitarios, el ponente detalló cómo el sistema nervioso desplaza el dolor psíquico no resuelto hacia la biología cuando la mente racional no logra procesarlo. Su intervención propone cambiar el enfoque del tratamiento convencional, demostrando mediante la neurobiología que los síntomas físicos constituyen el grito desesperado de un organismo que intenta comunicar lo que la palabra ha silenciado históricamente.

La base de esta tesis, expuesta ampliamente en su ponencia sobre cómo las emociones impactan tu cuerpo, argumenta que el ser humano funciona de manera unificada. Marín expone que desconectar lo racional de lo afectivo es posible, pero nunca sale gratis. El paciente puede aparentar una normalidad absoluta desde el punto de vista intelectual mientras su biología hierve en silencio. Esta escisión artificial del self se cobra su precio a través de disfunciones del sistema autónomo, manifestándose comúnmente en enfermedades complejas como el síndrome del intestino irritable o la fatiga crónica.

Para comprender esta desconexión, el experto señala la importancia de los modelos internos de trabajo. Estos modelos constituyen el cableado del sistema nervioso que se esculpe físicamente durante los primeros años de vida. Si durante la infancia el entorno relacional es hostil, negligente o carente de sintonía afectiva, el cerebro del menor se organiza exclusivamente para la supervivencia. Esta adaptación temprana altera permanentemente los ejes de respuesta al estrés y propicia que, en la edad adulta, el organismo interpreta estímulos neutros de su entorno cotidiano como amenazas biológicas constantes.

Esta desprotección continuada se traduce en lo que la psicología clínica denomina falta básica. Cuando los cuidadores primarios fallan en ofrecer contención emocional, el niño carece de las herramientas biológicas para autorregularse. El individuo aprende a calmar el malestar mediante conductas sustitutivas, como la ingesta compulsiva de alimentos o conductas adictivas. Con el tiempo, el sistema inmunitario permanece en una alerta constante e innecesaria que desgasta progresivamente los tejidos sanos, propiciando el desarrollo de graves enfermedades autoinmunes que carecen de una explicación clínica puramente biológica.

Durante la infancia, el cerebro dispone de recursos de supervivencia sumamente potentes ante situaciones insoportables. El más representativo es la amnesia disociativa, un mecanismo defensivo mediante el cual el sistema nervioso aparta de la conciencia el recuerdo explícito de experiencias dolorosas. Sin embargo, el psiquiatra advierte de que el olvido cognitivo no borra el impacto del trauma en la biología. Aunque la mente racional no recuerde lo sucedido, el cuerpo conserva grabada la huella somática del conflicto, reaccionando con angustia y opresión ante cualquier disparador del presente.

Esta realidad clínica cobra especial gravedad en los casos de trauma del desarrollo o trauma acumulativo. A diferencia del trauma agudo surgido de un accidente, estas heridas se forjan en el silencio de la negligencia parental o el abuso repetido. Marín califica el abuso sexual infantil como una verdadera pandemia silenciosa que afecta a un alto porcentaje de la población clínica. La sociedad, por miedo al dolor que genera esta terrible realidad, activa mecanismos de negación colectiva, invisibilizando el sufrimiento de las víctimas y condenándolas a un largo peregrinaje médico antes de recibir ayuda.

El psiquiatra coordina este enfoque clínico integrador en su rol como director de Formación Psicoterapia, entidad de referencia donde imprime una visión humanista a la salud mental, compaginando esta labor pedagógica con su cargo de presidente de la Sociedad Española de Medicina Psicosomática. Desde esta institución formativa, Marín insiste en capacitar a los terapeutas para descifrar el dolor físico de los pacientes. Su propuesta pedagógica rechaza los protocolos rígidos y aboga por recuperar el valor del vínculo seguro, capacitando éticamente a los profesionales para sostener el sufrimiento ajeno sin apresurarse a silenciarlo.

Una de las mayores barreras en el abordaje de estas patologías es la marcada falta de vocabulario emocional. Cuando el paciente sufre alexitimia, es incapaz de identificar y procesar sentimientos complejos como la rabia o la tristeza profunda. Al no encontrar una vía de salida a través de la palabra verbalizada, el malestar acumulado en el cerebro límbico utiliza el lenguaje de los órganos. Así, dolores inexplicables o inflamaciones generalizadas se transforman en metáforas corporales dolorosas de una historia biográfica que no ha podido ser integrada de forma consciente.

El ponente dirige una crítica directa hacia la tendencia de la psiquiatría contemporánea de patologizar el malestar cotidiano. Clasificar la tristeza legítima o el duelo bajo etiquetas diagnósticas reduccionistas convierte el sufrimiento en una alteración química que debe anestesiarse rápidamente con psicofármacos. Esta práctica habitual priva al enfermo de la valiosa oportunidad de otorgar un sentido vital a su dolor. Para el especialista, resulta urgente investigar la historia relacional que padece el sujeto, superando el modelo que considera al cuerpo únicamente como un receptor pasivo de medicamentos.

La curación real, concluye el experto, exige un giro ético que devuelva la autonomía de la salud al paciente. La medicina del futuro debe alejarse de la estandarización industrial para centrarse en la persona de manera artesanal. Sustituir la clásica pregunta de urgencias por una exploración exhaustiva del historial de apego infantil representa el único camino viable para sanar de raíz. Solo cuando se le ofrece un vínculo terapéutico seguro que legitime su dolor y restituya la palabra, el organismo puede desactivar sus mecanismos defensivos y recuperar su equilibrio biológico.

 

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