¿Puede una emoción no expresada acabar escribiéndose en el cuerpo? El Dr. José Luis Marín respondió que sí, con matices, en una jornada formativa para clínicos celebrada en Madrid, donde defendió que lo emocional figura entre los factores que condicionan la aparición y la evolución de las enfermedades físicas. Cutáneas, digestivas o incluso oncológicas: el psiquiatra situó a las emociones y al trauma no elaborado en el mapa de causas de la enfermedad, aunque puso el mismo empeño en desactivar dos tentaciones contrarias, la de negar ese peso y la de exagerarlo hasta el determinismo.
El terreno más espinoso fue la relación entre trauma y cáncer, que el ponente abordó a través de la figura del médico alemán Ryke Geerd Hamer. Marín admitió coincidir con el fondo de sus tesis sobre la psicogénesis de la enfermedad cancerosa, pero rechazó de plano el tono absolutista, casi sectario, con que las divulgó. «Me sonaba bien la letra y me chirriaba mucho la música», ironizó, para ilustrar cómo una intuición valiosa puede naufragar cuando se comunica desde el dogma y la brusquedad, en lugar de hacerlo con prudencia.
Contra ese esquema, el conferenciante recordó que no hay dos pacientes idénticos porque no hay dos biografías idénticas. Una misma vivencia dolorosa golpea a cada persona de forma distinta, según su carácter, su genética y su historia, de modo que resulta falso sostener que un trauma concreto desemboque siempre en una enfermedad concreta. Quien puede aproximarse al sentido de un síntoma, insistió, es únicamente el propio paciente; al profesional le corresponde acompañar esa búsqueda escuchando con atención el relato que hay detrás.
Conviene no equivocar el mensaje, advirtió: reconocer un componente psicógeno en el cáncer no significa reducirlo a «una enfermedad de los nervios». Su desarrollo obedece a un cúmulo de factores, y el emocional es apenas uno de ellos, si bien el que más suele desatenderse. Fundador y presidente de la Sociedad Española de Medicina Psicosomática y Psicoterapia, y director de Formación Psicoterapia, Marín lamentó que esa omisión empobrezca la atención al enfermo y prive al médico de una parcela apasionante de su oficio.
El repaso a las herramientas clínicas incluyó el EMDR, una técnica que, según explicó en la charla que puede verse en vídeo, ayuda a «desconectar para reconectar». Su finalidad es archivar la experiencia dolorosa en el pasado para que los estímulos cotidianos —un olor, un portazo, el tintineo de unas llaves— dejen de reactivarla una y otra vez. Cuando esa elaboración no se produce, alertó, el pasado no termina de pasar y el organismo sigue reviviendo la herida a través de sus síntomas corporales.
Ante la pregunta de por qué el malestar se manifiesta en unos como problema de piel y en otros como dolencia digestiva o enfermedad grave, Marín contestó sin rodeos que lo ignora, y que la ciencia lo debate en vano desde hace más de un siglo. Lo relevante, aclaró, no es descifrar ese enigma sino advertir que bajo todos esos cuadros palpita un mismo hilo: el sufrimiento. El trabajo del clínico consiste, por tanto, en acogerlo y darle espacio, no en encasillarlo en una etiqueta diagnóstica.
A partir de ahí, el psiquiatra ofreció pautas para que cualquier profesional incorpore esta perspectiva. La primera, sintonizar con el paciente y mirarle de verdad, porque gran parte de la patología remite a una falta de mirada en los primeros vínculos. Lo que se quiebra en la relación, recordó, se repara en la relación, y evocó la definición de psicoterapia de Franz Alexander como una «experiencia emocional correctora». Animar al paciente a poner en palabras su trauma duele, reconoció, pero esa elaboración resulta imprescindible para lograr la integración.
Semejante acompañamiento exige aprender a contener, tanto la angustia del paciente como los propios temores del terapeuta, del mismo modo que otras prácticas médicas resultan dolorosas y aun así se aplican. En ese punto, Marín situó en primer plano la alianza terapéutica, apoyándose en la investigación que demuestra que la técnica es lo que menos influye en el resultado de un tratamiento, mientras que las cualidades personales del profesional —el llamado «factor T»— pesan de forma determinante en el éxito.
Uno de sus avisos más contundentes tuvo que ver con el riesgo de retraumatizar en la propia consulta. Si buena parte de la enfermedad se vincula a la ausencia de mirada, un profesional que atiende sin apartar la vista de la pantalla o tomando notas sin cesar reproduce esa misma herida. El ponente rescató una portada del Colegio de Médicos que recogía una queja frecuente, «Doctor, ¿me está escuchando?», para reivindicar que mirar y escuchar constituyen, por sí mismos, una intervención terapéutica.
El cierre llegó con una propuesta: acercar la actitud científica a la actitud «diatrófica», la del cuidado, condensada en una frase que atribuye a sus pacientes: «primero me cuidas y luego me curas». Atender al impacto de las emociones en la salud física, remató, no obliga a renunciar al rigor ni al diagnóstico diferencial, sino a ensancharlos con una escucha capaz de abarcar la totalidad de quien sufre. Porque, vino a decir, la biología y la biografía nunca se explican por separado.


