El Dr. Marín reclama evaluar el trauma y el estrés al mismo nivel que un análisis de sangre 

José Luis Marín

El Dr. José Luis Marín analizó ante un foro de profesionales sanitarios cómo los factores psicológicos, el estrés crónico y las experiencias traumáticas condicionan la aparición y la evolución de las enfermedades crónicas. Durante una reciente sesión formativa dirigida a clínicos, el psiquiatra defendió que cualquier síntoma corporal puede ser la manifestación de una vivencia postraumática no elaborada. Su tesis central invita a cambiar la pregunta que vertebra la consulta: dejar de interrogar al paciente con un «¿qué tienes?» para atreverse a formular un más humano y revelador «¿qué te ha pasado?«.

El experto alertó sobre el fenómeno de la retraumatización, un riesgo que asumen los profesionales sanitarios por la autoridad social y cultural que ejercen sobre las personas que atienden. Marín recordó que muchos pacientes presentan síntomas que casi nunca son reconocidos como postraumáticos, sencillamente porque nadie ha enseñado a los clínicos a evaluarlos. Así, un cuadro de sufrimiento acaba etiquetado con facilidad como ansiedad generalizada o trastorno depresivo, recibiendo un tratamiento farmacológico que silencia la señal sin atender a la historia biográfica que la origina.

El psiquiatra, presidente de la Sociedad Española de Medicina Psicosomática y Psicoterapia y director de Formación Psicoterapia, reivindicó lo que denomina la «mirada completa» del paciente. Citó el título de un libro reciente, Mírame entera, como metáfora de esa actitud clínica: atender el páncreas, sí, pero nunca solo el páncreas. Bajo esta perspectiva, defendió que cualquier síntoma corporal puede expresar el estrés crónico y que la psicosomática no es una especialidad más, sino una manera integral de comprender al ser humano como una unidad indisoluble.

Marín agrupó buena parte de la patología en lo que llama sistemas relacionales. En ellos incluyó el comportamiento alimentario, el aparato digestivo, el respiratorio, el genital, la piel, el sistema musculoesquelético y las distintas dependencias. Todos ellos, sostuvo, son territorios donde el organismo dialoga con el entorno. Detrás de muchos de estos cuadros late lo que el doctor define como una falta básica, una carencia afectiva primaria que el sujeto intenta rellenar como puede, ya sea con comida, con sustancias o con vínculos que después se califican de «tóxicos».

Durante su intervención, el experto insistió en la solidez del eje psiconeuroendocrino inmunitario, recordando que en esa cadena «lo psico» siempre va primero. Explicó que el estrés sostenido puede manifestarse como una depresión inmunitaria y que las enfermedades autoinmunes funcionan como cuadros «confusionales», en los que el sistema inmunitario, gobernado por el sistema nervioso, se equivoca y ataca sustancias propias que no representan amenaza alguna. El cuerpo, en su afán de defenderse, termina desgastando y agrediendo sus propios recursos.

En esta misma línea, Marín compartió una lectura sugerente de las enfermedades cancerosas, planteándolas como una forma de confusión celular. Recordó que el organismo genera miles de mutaciones diarias que el sistema inmunitario suele controlar, hasta que en determinadas circunstancias deja de hacerlo. Sin negar la existencia de otros factores, el doctor situó el componente emocional y biográfico en el mismo nivel de relevancia, criticando de paso el sesgo de publicación que hace que buena parte de la ciencia con idéntico rigor no llegue nunca a difundirse por falta de financiación.

El aparato digestivo ocupó un lugar central de la ponencia como modelo de comunicación. Apoyándose en el esquema del investigador Weakland, de la escuela de Palo Alto, Marín describió la digestión como un sistema de entrada, procesamiento y salida donde el alimento es el mensaje. Y recordó un principio inseparable: no se puede separar el mensaje del afecto. Desde la primera vez que un bebé se alimenta hasta la última comida de la vida, comer es siempre un acto emocional, relacional y aprendido en el seno del vínculo de apego.

De la mano del psicoanalista Franz Alexander, el doctor repasó las tres necesidades emocionales básicas ligadas a lo digestivo: incorporar, retener y eliminar. Un conflicto con la incorporación puede derivar en anorexia o en sobreingesta compulsiva; la necesidad de retener se refleja en la obsesividad o el estreñimiento; y las dificultades entre retención y eliminación aparecen en el intestino irritable, frecuente en personas contenidas con serias dificultades para expresar la rabia. Por eso subrayó que la anorexia nunca es un problema con la comida, como reconoce ya la propia Clínica Mayo.

Marín dedicó también un apartado a la rigidez como rasgo que salta del carácter al cuerpo. Las «posturas ante la vida», explicó, acaban afectando a la musculatura, a las contracturas y a los dolores de espalda. A través de una viñeta clínica sobre el vértigo, ilustró cómo un síntoma puede cumplir una función defensiva: obligar al paciente a realizar el dueloque la alexitimia le impedía afrontar. El cuerpo, en definitiva, termina expresando aquello que la palabra no ha podido nombrar.

El doctor concluyó reclamando que el estudio de lo psicológico, lo traumático y lo emocional ocupe en el diagnóstico diferencial el mismo nivel de importancia que un análisis de sangre o una prueba de imagen. No se trata de renunciar a la medicina de los órganos, matizó, sino de complementarla con una medicina de la biografía. Solo escuchando la historia que se esconde tras el síntoma, y evitando la retraumatización, podrá aspirarse a acompañar de verdad la evolución de las enfermedades crónicas y a devolver al paciente la autoría de su propia vida.

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