El Dr. José Luis Marín redefine la depresión como una respuesta defensiva del organismo

El Trauma en la Infancia, con el Dr. José Luis Marín

La validez del modelo biomédico que reduce el sufrimiento mental a un simple fallo de neurotransmisores fue cuestionada recientemente por el Dr. José Luis Marín durante una ponencia técnica en Madrid. Ante un auditorio de expertos, el psiquiatra defendió que la depresión y la ansiedad no deben entenderse como enfermedades cerebrales aisladas, sino como manifestaciones sistémicas de una historia vital marcada por el dolor no procesado. Esta visión rompe con la tradición clínica al situar el origen del malestar en las respuestas adaptativas del cuerpo frente a un entorno hostil o traumático.

Como presidente de la Sociedad Española de Medicina Psicosomática y Psicoterapia y director de Formación Psicoterapia, el doctor denunció que el mito del desequilibrio químico ha sido sostenido por intereses comerciales. Según expuso, la idea de que la tristeza es una carencia de fármacos ignora la complejidad de un organismo que opera como una unidad biopsicosocial. El malestar mental es, en realidad, el eco de una inflamación generada por experiencias que el sujeto ha tenido que disociar para sobrevivir a su propia biografía.

Uno de los puntos clave de la sesión fue la distinción entre tratar síntomas o tratar vidas completas. El Dr. José Luis Marín argumentó que intentar solucionar un cuadro depresivo únicamente mediante pastillas equivale a intentar apagar un incendio disipando solo el humo. Para el clínico, los psicofármacos actúan como herramientas sintomáticas útiles en crisis puntuales, pero carecen de la capacidad para resolver las causas profundas que alimentan la patología mental y el desgaste biológico del paciente.

Desde una perspectiva neurofisiológica, el psiquiatra detalló la conexión entre el estrés mantenido y la degradación del sistema inmunitario. Explicó que el estado de alerta crónico desencadena la liberación masiva de citoquinas proinflamatorias. Estas sustancias son capaces de vulnerar la barrera hematoencefálica, alterando la glía y las redes neuronales. Bajo este prisma, lo que la medicina tradicional diagnostica como depresión es la manifestación física de un estado inflamatorio de bajo grado generalizado en todo el cuerpo.

Durante su alocución, se analizó cómo la industria farmacéutica ha simplificado procesos neuroquímicos para promocionar la narrativa de la “píldora de la felicidad”. El Dr. José Luis Marín aclaró que las alteraciones en la serotonina son habitualmente una consecuencia del entorno hostil y no la causa primaria del trastorno. Citando investigaciones de la Universidad de Cambridge, recordó que el cerebro se deprime cuando el cuerpo agota sus recursos en una lucha constante por la supervivencia iniciada, muchas veces, en la infancia.

El debate ético también ocupó un lugar central, planteando si los profesionales deben seguir etiquetando conductas o empezar a escuchar relatos personales. Marín sostuvo que el futuro de la salud mental depende de un compromiso con la verdad histórica de cada individuo. La premisa de que “la depresión no está en tu cabeza, está en tu vida” resume la urgencia de devolver al paciente la autoría de su historia, evitando que el clínico sea un mero administrador de placebos químicos.

Otro fenómeno que recibió atención fue la clasificación de las emociones básicas en manuales como el DSM. El experto señaló que muchos diagnósticos actuales representan una psiquiatrización del miedo, una emoción adaptativa que pierde su sentido cuando se etiqueta como trastorno. Al transformar el temor legítimo en una patología, se arrebata al sujeto la posibilidad de entender qué factor de su realidad le genera amenaza. Solo la construcción de una narrativa compartida permite que la homeostasis se restablezca naturalmente.

La formación subrayó que la eficacia de cualquier tratamiento reside en la solidez de la alianza entre terapeuta y paciente. El individuo necesita encontrar un profesional capaz de sostener su malestar sin recurrir a la evitación rápidamediante fármacos, permitiendo conectar con la herida original del trauma. Esta seguridad en el vínculo es el único factor capaz de pacificar la amígdala cerebral y favorecer una auténtica reparación neurobiológica, honrando la verdad del sujeto doliente.

Este cambio de paradigma exige que los especialistas reconozcan el síntoma como una estrategia defensiva. Al legitimar la angustia como una respuesta lógica a una trayectoria de sufrimiento, el paciente puede cesar la lucha contra sus propias señales de alarma. La verdadera práctica médica no debe orientarse a suprimir el mensaje del cuerpo, sino a descifrarlo. Integrar lo biológico con lo biográfico es el único camino viable hacia una salud mental definitiva que no dependa de la química externa.

Solo mediante la validación del sistema nervioso el cuerpo puede abandonar la expresión del dolor a través de enfermedades crónicas. El compromiso del personal sanitario debe orientarse a facilitar que el paciente integre sus heridas de forma que estas pasen a formar parte de una identidad fortalecida. En palabras de Marín, la salud no es la ausencia de síntomas, sino la facultad de vivir con sentido a pesar de las cicatrices acumuladas en el transcurso de los años.

La sesión terminó con una llamada al coraje profesional para romper con el enfoque fragmentario de la medicina actual. Es imperativo que médicos y psicólogos comprendan que dolencias como el colon irritable o los ataques de pánico son gritos de protesta ante una realidad vital insoportable. Al sustituir la pregunta tradicional de “¿qué tienes?” por un más profundo “¿qué te ha pasado?”, se abre la puerta a un proceso terapéutico que transforma la existencia del individuo.

Finalmente, el psiquiatra insistió en que el reconocimiento de la verdad histórica es el puente necesario para unir el trauma con la recuperación clínica real. Entender que el sistema inmunitario reacciona ante el desamparo de la misma manera que ante una infección es clave para el abordaje del siglo XXI. La medicina debe evolucionar hacia una atención de la persona total, donde la estabilidad no dependa solo de sustancias administradas, sino de la pacificación biográfica del sujeto.