La urgencia de reintegrar la escucha del cuerpo en la práctica clínica como mensajero del trauma para frenar la cronificación del sufrimiento fue el eje central de la reciente intervención del Dr. José Luis Marín en Madrid. El psiquiatra, presidente de la Sociedad Española de Medicina Psicosomática y Psicoterapia y director de Formación Psicoterapia, denunció ante un foro de expertos cómo el modelo biomédico ignora sistemáticamente las señales somáticas. Marín propone un cambio de paradigma donde el organismo no sea tratado como una máquina, sino como el depositario de una historia biográfica que necesita ser validada para alcanzar una sanación profunda.
La ponencia subrayó que el ser humano es una unidad indisoluble donde lo biológico y lo biográfico se entrelazan constantemente. Marín advirtió que el cuerpo no miente y que, a menudo, expresa mediante el dolor o la disfunción aquello que la mente ha tenido que disociar para poder sobrevivir. Esta perspectiva rompe con el modelo biomédico clásico que se limita a suprimir el síntoma mediante fármacos, olvidando que detrás de cada patología existe un sujeto doliente con una historia que necesita ser comprendida por el clínico.
En su intervención, el experto señaló que la somatización es, en realidad, un mecanismo de defensa y un lenguaje primitivo que surge cuando la palabra no es suficiente. El paciente psicosomático suele presentar una gran dificultad para identificar y expresar sus emociones, fenómeno conocido como alexitimia. En estos casos, el órgano afectado se convierte en el portavoz de un conflicto interno no resuelto, generalmente vinculado a carencias afectivas o traumas relacionales tempranos. Por ello, el terapeuta debe aprender a descifrar este código corporal.
Un punto fundamental de la sesión fue la crítica a la especialización fragmentaria de la medicina actual. Marín denunció que el sistema sanitario tiende a “trocear” al paciente, derivándolo de un especialista a otro sin que nadie se haga cargo de la persona en su totalidad. Este fraccionamiento administrativo genera una sensación de desamparo institucional en el enfermo, quien percibe que su malestar no es tomado en serio. El doctor instó a recuperar la mirada clínica integral para devolver la dignidad al paciente y eficacia al tratamiento.
El Dr. Marín destacó que la mirada del clínico es el primer instrumento de cura. Durante la consulta, el profesional no puede limitarse a tomar notas o mirar una pantalla; debe mantener una presencia plena y observar las microexpresiones, la postura y el tono de voz del sujeto. Estos indicadores no verbales proporcionan una información mucho más veraz que el relato consciente del paciente, permitiendo detectar incongruencias que señalan el núcleo del trauma. El contacto visual es, en sí mismo, un acto reparador del vínculo.
La relación entre el vínculo de apego y la salud física fue otro de los ejes centrales de la jornada. El doctor explicó que un sistema nervioso que no ha contado con una base segura durante la infancia crece en un estado de alerta permanente. Este estrés crónico altera el eje neuroendocrino y provoca una inflamación sistémica que, con el tiempo, se traduce en enfermedades autoinmunes, digestivas o cardiovasculares. El cuerpo, en su afán por protegernos, acaba desgastando sus propios recursos biológicos ante la percepción de una amenaza constante.
Marín introdujo el concepto de integración neurobiológica como el objetivo último de la psicoterapia profunda. No basta con que el paciente entienda intelectualmente qué le pasó; es necesario que logre integrar esa vivencia a nivel corporal y emocional. Para ello, el terapeuta debe ofrecer un espacio de contención donde el paciente se sienta lo suficientemente seguro como para permitir que el cuerpo hable. Solo cuando el sistema nervioso se relaja y sale del modo de supervivencia, comienza el verdadero proceso de reparación celular y psicológica.
Durante la recta final de la ponencia, el psiquiatra analizó la importancia de la conciencia propioceptiva. Muchos pacientes viven “desconectados” de su propio cuerpo, percibiendo sus síntomas como ataques externos y no como parte de su propia identidad. El trabajo terapéutico consiste en ayudar al individuo a reconectar con sus sensaciones físicas y a entender el sentido adaptativo de su malestar. Al legitimar el síntoma como una respuesta lógica a una historia de dolor, el paciente puede abandonar por fin la lucha contra su propio organismo.
El doctor también alertó sobre el peligro de la sedación farmacológica indiscriminada. Si bien los medicamentos pueden ser útiles en fases de crisis, su uso crónico suele actuar como un “ventilador” que disipa el humo pero no apaga el incendio del trauma. Al silenciar el síntoma físico mediante pastillas sin explorar su origen, se está impidiendo que el paciente acceda a la verdad biográfica que su cuerpo intenta manifestar. La medicina del futuro debe aspirar a ser una medicina de la persona, no solo del órgano.
La sesión concluyó con un llamamiento a la responsabilidad ética de los profesionales de la salud. Marín defendió que el terapeuta debe ser un agente de integración, capaz de descender a los infiernos del paciente con una linterna de seguridad y presencia. La sanación auténtica no es un proceso químico, sino un acto de reconocimiento humano que permite al sujeto recuperar la autoría de su propia vida. Solo escuchando lo que el cuerpo recuerda, se podrá aspirar a una salud mental y física duradera.
El experto insistió en que el cambio de paradigma debe comenzar en las facultades y centros de formación. Es necesario que los futuros clínicos entiendan que un dolor de espalda, un colon irritable o una migraña crónica no son errores de la biología, sino gritos de protesta de un sistema que ya no puede más. Al cambiar la pregunta tradicional de “¿qué tienes?” por un más humano “¿qué te ha pasado?”, se abre la puerta a una clínica del trauma que es una clínica de la esperanza.
La jornada finalizó subrayando que el éxito de cualquier intervención depende de la alianza terapéutica. El paciente necesita sentir que el clínico es capaz de sostener su dolor sin asustarse y sin juzgarle. Esta seguridad relacional es el único fármaco capaz de calmar el sistema de alerta del cerebro y permitir que el cuerpo inicie su propio camino hacia la homeostasis. La verdadera medicina es aquella que no solo cura el síntoma, sino que enseña al individuo a respetarse y a honrar sus propios ritmos.


