El Dr. José Luis Marín explicó ante un foro de profesionales sanitarios cómo cualquier médico puede integrar la medicina psicosomática en su práctica diaria a través de breves intervenciones psicoterapéuticas, sin necesidad de convertirse en psicoterapeuta. Durante una reciente sesión formativa dirigida a clínicos, el psiquiatra defendió que unos minutos bien empleados para vincular un síntoma con la emoción que lo sostiene puede ahorrar años de tratamientos y de sufrimiento. Su propuesta parte de una convicción: bajo casi toda patología crónica late siempre una misma realidad, el sufrimiento del paciente.
Marín ilustró su tesis con la piel, a la que definió como un auténtico «cerebro externo» por su enorme inervación y su origen embrionario compartido con el sistema nervioso. Recordó que el lenguaje popular ya describe esa conexión cuando alguien «se pone rojo de ira» o algo «le produce picores». La piel, además, tiene una particularidad: es visible. Por eso se convierte con frecuencia en órgano de elección para expresar el malestar, aunque su visibilidad tenga una cara amarga, ya que expone al paciente al juicio ajeno y a la vergüenza.
Precisamente esa vergüenza, cuando no puede expresarse por un cierto grado de alexitimia, alimenta un círculo vicioso: la emoción contenida activa la respuesta inflamatoria, la lesión cutánea empeora y el malestar crece. El experto pidió a los clínicos atender no tanto a la dirección del proceso como a su sentido, evitando el debate estéril sobre qué apareció primero. Citando a Stephen Hawking, advirtió que «para un problema complejo siempre hay una solución fácil y equivocada», y llamó a desconfiar de las explicaciones demasiado sencillas.
Frente a esa simplificación, Marín propuso trabajar desde lo que llama la «teoría del todo»: entender que el síntoma corporal, la historia del paciente y su futuro no son realidades separadas, sino una misma cosa. El psiquiatra, presidente de la Sociedad Española de Medicina Psicosomática y Psicoterapia y director de Formación Psicoterapia, reconoció que la elección del órgano en que se somatiza el sufrimiento sigue siendo un enigma no resuelto desde los tiempos de Groddeck, pero subrayó que descifrarlo tampoco es imprescindible para ayudar.
Como ejemplo de esa integración posible, durante su intervención el doctor relató el caso de una pediatra de urgencias que atendió a un niño de seis años con una dermatitis. En apenas cinco minutos, la profesional relacionó la reacción cutánea con el miedo y el temor al abandono que el pequeño sentía ante una separación inminente. El niño pudo comprenderlo y llorarlo, y no volvió a presentar el cuadro. Una intervención breve, sin psicoterapia formal, había bastado para evitar toda una vida dentro del sistema sanitario.
Ese relato condensa la propuesta central de Marín: no hace falta que todos los médicos sepan hacer psicoterapia, sino que dispongan de una formación mínima para realizar intervenciones psicoterapéuticas sencillas. El experto recordó que más de la mitad de los pacientes de dermatología presentan cuadros directamente vinculados a lo psíquico, hasta el punto de que existe la psicodermatología como subespecialidad. Reconocer esa dimensión no exige grandes recursos, sino una mirada distinta y unos minutos de escucha atenta.
El psiquiatra matizó, no obstante, que integrar lo psicosomático nunca significa renunciar al diagnóstico diferencial ni al tratamiento que corresponda a cada especialista. El dermatólogo debe seguir tratando la piel y el oncólogo su enfermedad; lo que propone es sumar, en el mismo nivel de importancia, la exploración de la historia y del sufrimiento. También compartió su experiencia clínica sobre la relación circular entre el dolor y la culpa: cuando el paciente se siente culpable, el dolor disminuye, y viceversa, un vínculo muy influido por una cultura que sobrevalora el sufrimiento.
Marín defendió que esta manera de trabajar beneficia a todos: reduce costes al sistema, alivia el sufrimiento de los pacientes y aumenta la satisfacción profesional de los propios médicos. Se preguntó entonces quién saldría perdiendo con semejante cambio de paradigma y respondió sin rodeos: la industria farmacéutica. A su juicio, es esta la que define hoy qué se investiga, qué se publica y qué se silencia, e incluso financia buena parte de la formación de posgrado de los profesionales de la medicina.
De ahí que el doctor situara la raíz del problema no en la falta de tiempo de las agendas asistenciales, aunque sea real, sino en un modelo económico que no favorece este tipo de abordaje. La solución que planteó pasa por reforzar la formación humanística de todos los médicos, ampliando ese escaso porcentaje que hoy ocupan las humanidades en el currículo, para que cualquier profesional pueda reconocer y acompañar el componente emocional de la enfermedad.
En su conclusión, Marín insistió en que integrar la medicina psicosomática en la consulta no requiere estructuras complejas ni equipos numerosos, sino un cambio de actitud al alcance de cualquier clínico. Se trata de mirar al paciente completo, de escuchar la biografía que se esconde tras el síntoma y de atreverse a nombrar la emoción. Porque, recordó, detrás de cada dermatitis, cada dolor crónico o cada trastorno digestivo late siempre lo mismo, un sufrimiento que espera, ante todo, ser reconocido.


