La alianza terapéutica como factor clave en psicoterapia

alianza terapéutica

La calidad del vínculo entre terapeuta y paciente, y no la escuela ni el método empleado, es lo que más determina el éxito de un tratamiento psicológico. Así lo defendió el Dr. José Luis Marín ante un grupo de colegas, en una ponencia que daba continuidad a una sesión anterior en la que ya había sostenido que la psicoterapia no cura por la técnica, sino a través de quien la ejerce. Retomando aquel hilo, desgranó las diez características que distinguen a los profesionales con mejores resultados y colocó la alianza terapéutica en el corazón de todas ellas.

La primera y más decisiva de esas características, explicó, es la capacidad de construir una alianza sólida con un abanico amplio de pacientes, y no solo con los más cómodos. Marín recordó, con ironía, que en las encuestas el paciente preferido suele ser el depresivo, porque al principio apenas discute ni cuestiona la tarea del terapeuta. El reto, sostuvo, es lograr ese vínculo también con perfiles más difíciles, entendiendo la alianza en el sentido clásico: un lazo positivo sumado al acuerdo sobre las metas y las tareas del proceso.

El especialista insistió en desmontar un mito extendido entre los profesionales: que la alianza surge de forma automática por el simple hecho de poseer un título. Nada más falso, advirtió. El vínculo terapéutico requiere conocimiento, esfuerzo y una dedicación constante, y ni siquiera es estable una vez establecido. Lo comparó con una relación de pareja, que exige trabajo diario y atraviesa tensiones; esas crisis, lejos de ser un fracaso, pueden convertirse en oportunidades de crecimiento si se saben acompañar.

El psiquiatra, que preside la Sociedad Española de Medicina Psicosomática y Psicoterapia y dirige Formación Psicoterapia, subrayó que las habilidades interpersonales no son rasgos innatos, sino destrezas que se aprenden. Entre ellas citó algo tan elemental como aprender a comunicarse, apoyándose en el segundo axioma de Watzlawick: no importa tanto lo que se dice como el modo en que se dice. A ello sumó el respeto, el trato amable e incluso pedir perdón, un gesto que, lejos de restar autoridad, la refuerza.

La empatía ocupó otro lugar destacado en su exposición. Sintonizar con las necesidades del paciente y distinguirlas de las propias, señaló, es la clave para no imponer el «lecho de Procusto» de la escuela de cada terapeuta. De lo que se trata, defendió, es de reproducir en la consulta una estructura de apego seguro, aquella que permite al otro sentirse sostenido. De ahí que reclamara también una expresión emocional regulada: el profesional debe responder, nunca reaccionar, y contener su enfado incluso cuando un paciente lo provoca, porque «para eso ya tiene un cuñado».

Otra pieza esencial es comprender que el motivo de consulta jamás coincide con el problema de fondo. Por eso Marín reivindicó cambiar la pregunta que abre la historia clínica: sustituir el «¿qué te pasa?», propio del modelo médico, por un «¿qué te ha pasado?» que abre la puerta a la biografía. En la ponencia, disponible en vídeo, abordó igualmente el debate sobre el uso de ordenadores y la toma compulsiva de notas, que a su juicio erosionan la mirada y la escucha, precisamente aquello que muchos pacientes nunca han recibido.

El conferenciante dedicó una atención especial a la actitud del terapeuta ante sus propios límites. Frente al narcisismo profesional, defendió la duda como virtud, recuperando una frase que hizo suya: «quiérete como persona, duda como profesional». Citando a Ortega y Gasset —para quien la duda es un privilegio de la inteligencia—, añadió que dudar delante del paciente no debilita el tratamiento, sino que exige la seguridad personal que da la propia terapia y el autoconocimiento del estilo de cada clínico.

Marín reivindicó asimismo la «práctica deliberada», un concepto que distingue la mera veteranía de la experiencia con atención y propósito. La antigüedad, advirtió, no garantiza nada: hay profesionales que llevan cuarenta años repitiendo los mismos errores. Los clínicos con mejores resultados, en cambio, dedican bastante más tiempo al estudio en solitario, a la formación reglada y a la supervisión. A ello sumó la capacidad de monitorizar lo que ocurre sesión a sesión, evaluando qué mejora realmente en cada paciente.

El cuidado personal cerró el retrato del buen terapeuta. Estar presente y relajado en la consulta, reservar unos minutos entre pacientes, apoyarse en el humor y cultivar una vida propia rica en lecturas, relaciones y descanso son, según el ponente, condiciones que repercuten directamente en los resultados. Recomendó la obra de Daniel Siegel sobre neurobiología interpersonal y su «plato de la salud mental»: comer bien, dormir, moverse y rodearse de vínculos de calidad, evitando la falsa obligación de socializar con quien solo agota.

Como colofón, Marín compartió un dato demoledor: una simulación reciente sugiere que retirar de la práctica a los clínicos con peores resultados mejoraría de forma significativa la salud mental de la población. Su conclusión, coherente con toda la charla, fue una invitación a elegir dónde situarse. Porque si la técnica apenas explica una fracción del éxito terapéutico, es en la calidad del vínculo —cuidado, aprendido y sostenido cada día— donde el profesional puede marcar de verdad la diferencia.

Soporte alumnos